José María Bermúdez de Castro

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José María Bermúdez de Castro y Risueño (Madrid, 18 de junio de 1952). Cursó el bachiller en el Instituto Nacional de Enseñanza Media Ramiro de Maeztu de Madrid. Es licenciado (1977) y doctor (1985) en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid. Su principal campo de estudio es la paleoantropología.
Codirector de las excavaciones de los yacimientos del Pleistoceno de la Sierra de Atapuerca, junto con Juan Luis Arsuaga y Eudald Carbonell. También interviene en el yacimiento de Pinilla del Valle (Madrid). Es, junto con los demás codirectores de Atapuerca Premio Príncipe Asturias de Investigación Científica y Técnica (1997). Premio de Ciencias Sociales y Humanidades de la Comunidad de Castilla y León (1998).
Fue el primer director del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH), desde marzo de 2010 hasta diciembre de 2012, cargo que dejó para ocuparse de la coordinación del Programa de Paleobiología de Homínidos en el mismo centro. Actualmente también es catedrático honorífico (Honorary Professor?) de la “University College” de Londres.
En abril de 2010 fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Burgos.
Una de sus últimas publicaciones en la prestigiosa revista Nature trata sobre la secuenciación de ADN nuclear en muestras de más de 430 mil años en los Homínidos del yacimiento de Sima de los Huesos, Atapuerca (Burgos, España) y que parece que va a revolucionar el árbol evolutivo del género Homo.

¿Cómo podría evolucionar la dentadura de un ser humano sometido a una dieta especial fuera de la Tierra a largo plazo?

En primer lugar, me gustaría deciros que en Ciencia tenemos que reconocer que nuestros conocimientos son limitados. Es por ello que tratamos de seguir aprendiendo, aunque llevemos muchos años de profesión.

Con respecto a la pregunta, hay una cuestión general que afecta no solo a la dentadura  sino a todos nuestros órganos. Cuando un órgano cualquiera es absolutamente imprescindible para la vida en unas condiciones (medio ambiente) determinadas, existirá una presión selectiva positiva para que ese órgano continúe funcionando de la misma manera. Por ejemplo, no podemos concebir que nuestros pulmones sean de otra manera viviendo en el ambiente aéreo de nuestro planeta.

Si las condiciones son diferentes (el ejemplo que tú estás poniendo) la selección natural será más permisiva. Sin una fuerte selección positiva sobre un órgano (dentadura), la variabilidad de ese órgano tendería a ser mucho mayor. Podría haber individuos con ese órgano en las mismas condiciones que en el planeta de origen o con unas condiciones diferentes. Los individuos seguirían viviendo sin mayor problema. Lo que no es obligatorio pensar es que ese órgano desaparecerá en pocas generaciones.

Pero también has mencionado “el largo plazo”. Bien visto. La vida media de una especie terrestre es de un millón de años. Ese es un plazo muy largo, difícil de asimilar mentalmente. A largo plazo, es obvio que los seres humanos que algún día puedan vivir en otros planetas cambiarán poco a poco y terminarán por diferenciarse de los humanos que vivimos actualmente en La Tierra. Si la dentadura (o cualquier otro órgano) no está sometida a una selección positiva muy fuerte por el medio ambiente podría cambiar. Lo que es muy difícil (sino imposible) predecir cuál sería el cambio. La dieta de un ser humano que viviera en la Luna, por ejemplo, no tendría por qué ser muy diferente a la nuestra, ya que las necesidades serían las mismas (proteínas, lípidos, vitaminas, minerales, etc.). Otra cuestión es la consistencia.

En plan más relajado, espero que quienes lleguen a vivir en la Luna dentro de pocas décadas puedan seguir disfrutando de un buen jamón.

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