Carlos Briones

Carlos Briones_Foto en Río Tinto

Carlos Briones Llorente, de origen burgalés, es Doctor en Ciencias Químicas (especialidad de Bioquímica y Biología Molecular) por la Universidad Autónoma de Madrid. Realizó su tesis doctoral en el Centro de Biología Molecular “Severo Ochoa” (CSIC-UAM) y es Científico Titular del CSIC en el Centro de Astrobiología (CSIC-INTA, asociado al NASA Astrobiology Institute). Desde el año 2000 dirige el grupo “Evolución Molecular, Mundo RNA y Biosensores” del Centro de Astrobiología, que investiga sobre diversos aspectos relacionados con el origen y la evolución temprana de la vida, la genética de virus, la biodiversidad microbiana en ambientes extremos y el desarrollo de biosensores.  Paralelamente a su trayectoria investigadora, posee amplia experiencia en divulgación de la ciencia como conferenciante, coordinador de cursos y colaborador en diferentes medios de comunicación. Es coautor de varios libros de divulgación científica, entre ellos el publicado en la Ed. Crítica en septiembre de 2015 junto con el cosmólogo Alberto Fernández Soto y el paleoantropólogo José María Bermúdez de Castro: “Orígenes. El universo, la vida, los humanos”.

¿Crees que en Marte hubo vida en el pasado?

Para contestar a esta interesante pregunta, en primer lugar debemos recordar que Marte y la Tierra se formaron aproximadamente a la vez, hace unos 4.600 millones de años (Ma). La investigación sobre el origen de la vida en la Tierra nos ha mostrado que los primeros seres vivos pudieron aparecer en nuestro planeta hace aproximadamente 3.800 Ma, una vez que ya habían terminado las dos fases de caída masiva de meteoritos y cometas sobre nuestra superficie. Aunque algunas señales químicas indicarían que la vida podría ser incluso anterior, de hace 4.100 Ma, una antigüedad de la vida de unos 3.800 Ma parece más razonable dado que las primeras evidencias de agua líquida en la superficie de la Tierra provienen de rocas sedimentarias (es decir, formadas en presencia de agua en estado líquido) que tienen una edad de 3.900 Ma. Y, hasta donde sabemos, la aparición de la vida requirió la presencia de agua líquida por lo que no pudo ser anterior a ella.

Si ahora damos un ‘salto’ hasta Marte, todos los datos geológicos obtenidos durante las últimas décadas apuntan a que, en esa misma época de hace unos 3.800 Ma, la superficie del hemisferio norte del planeta estaba cubierta por un inmenso océano de agua. De hecho, una de las principales formaciones geológicas en el planeta rojo, el enorme cañón denominado Valles Marineris, se cree que en aquella época actuó como un inmenso canal por el que las aguas recogidas del hemisferio sur marciano, de mayor altitud, descendían hasta el hemisferio norte desembocando en un gigantesco delta denominado Xanthe Terra. Merece la pena pasar un rato observando un mapa de Marte y pensar en todo esto. Además, tanto los satélites que sobrevuelan el planeta como las misiones que han depositado robots sobre su superficie han ido acumulando pruebas geológicas y químicas a favor de que, aunque hoy es un gran desierto cubierto por el polvo, el agua ha fluido sobre su superficie dejando sus marcas en ella.

Por tanto, como probablemente la Tierra y Marte eran muy parecidos desde el punto de vista químico cuando los seres vivos aparecieron en nuestro planeta, y ambos tenían mucho agua… nada impediría que la vida apareciera casi simultáneamente en ambos lugares. Mi opinión es que esto pudo ser así, aunque aún no tenemos ninguna evidencia sobre ello.

¿Habrá actualmente vida?

Continuando lo expuesto en la pregunta anterior, si la vida apareció en ambos planetas siguiendo procesos diferentes en cuanto a su bioquímica, habrían surgido formas de vida distintas en Marte y la Tierra. Pero una opción alternativa sería que la vida microbiana ya formada en un planeta (o bien moléculas fundamentales para que dicha vida aparezca) hubiera llegado al otro a través de fragmentos de roca. Éstos podrían haberse originado en Marte (de hecho, se han caracterizado muchos meteoritos de origen marciano que han alcanzado nuestra superficie, aunque ninguno con signos de vida) o en la Tierra (que tendrían más difícil llegar a Marte, porque se deberían mover “hacia fuera” en el Sistema Solar). Si este fenómeno, denominado “panspermia”, realmente se llegó a producir, la vida sería muy parecida en ambos planetas. Por tanto, en ese caso, o bien los habitantes microbianos de Marte (si llegaron a existir) se habrían originado aquí… o todos los terrícolas actuales seríamos originalmente marcianos. Quizá tras leer esto comencemos a mirar de una forma diferente a quienes tenemos alrededor, ¿verdad?

En cualquier caso, la historia geológica posterior de ambos planetas ha sido muy diferente y ello condicionó la pérdida de gran parte de la atmósfera marciana y del agua de su superficie: Marte dejó de ser azul, como la Tierra, y se convirtió en rojo. Pero, en el caso de que entonces la vida ya existiera en Marte, quizá no desapareció sino que se escondió en su subsuelo, un lugar mucho menos expuesto a la radiación del sol que probablemente habría esterilizado toda la superficie marciana.

En nuestro planeta encontramos un dato a favor de que, si alguna vez hubo vida en Marte, probablemente siga existiendo allí. En efecto, al estudiar la fascinante historia de la vida en la Tierra, se comprueba que la evolución por selección natural otorga a los seres vivos una capacidad de adaptación extraordinaria. Así, los múltiples eventos de extinción masiva que ha habido en la Tierra (al menos cinco desde que existe la vida pluricelular) han acabado con una buena parte de la biodiversidad terrestre y marina… pero en absoluto con toda la vida, que ha sido capaz de adaptarse a las nuevas condiciones. De hecho, hoy en día encontramos microorganismos “extremófilos” que viven en condiciones muy hostiles (desde nuestro punto de vista como humanos), caracterizadas por valores extremos de temperatura, salinidad, acidez, presión o radiación. Entre tales ambientes, uno de los que más investigamos es el Río Tinto porque consideramos que sus aguas ácidas y ricas en hierro serían similares a las que quizá un día fluyeron sobre Marte. Por tanto, si alguna vez hubo vida en el planeta rojo probablemente siga allí, evolucionando y diversificándose, a pesar de que hasta ahora no hayamos encontrado pruebas de que Marte esté “habitado”.

¿Encontraremos algún vestigio de vida en Marte?

Esa es una de las grandes preguntas en el ámbito de la astrobiología, y a intentar responderla se dedican los esfuerzos de muchos investigadores en todo el mundo. De hecho, las primeras misiones de la NASA que aterrizaron sobre Marte, las Viking 1 y 2 llegadas en 1976, ya llevaban instrumentos para detectar la posible presencia de vida en el planeta rojo. Sus resultados no fueron concluyentes, y desde entonces las misiones siguientes han estado más centradas en estudiar la historia geológica de Marte, caracterizar las huellas dejadas por el agua, y en definitiva estimar la “habitabilidad potencial” del planeta. Los robots que operan sobre su superficie, entre ellos el último en llegar, Curiosity, son por el momento “más geólogos que biólogos”. Pero este panorama cambiará en un futuro cercano. Actualmente está yendo hacia Marte el primer orbitador de la misión ExoMars, de la Agencia Espacial Europea (ESA), y uno de sus cometidos es determinar si el gas metano que se ha detectado ocasionalmente en la tenue atmósfera marciana podría ser de origen biológico (formado por el metabolismo de microorganismos similares a los que denominamos “metanógenos” en la Tierra) o meramente geoquímico.

Otras misiones ya en construcción tienen previsto recoger rocas de la superficie y el subsuelo de Marte y traerlas a la Tierra para analizarlas, en busca de señales de vida, en los mejores laboratorios del mundo. Además, las misiones futuras que están diseñándose van a incluir distintos tipos de instrumentos “biosensores” para buscar en Marte moléculas que nos hablen de la presencia de una vida actual, o bien de la existencia de alguna forma de vida en el pasado. Estos “biomarcadores moleculares”, por ejemplo proteínas o lípidos similares a los de la Tierra, se consideran las mejores pruebas que indicarían si la vida existió (o existe) en Marte. La limitación científica y tecnológica, claro está, surge de la posibilidad ya apuntada de que la vida fuera muy diferente en uno y otro planeta: ¿cómo llegaremos a diseñar biosensores para poder detectar un tipo de vida diferente al que conocemos?

Y, para terminar, ¿podría haber vida en otros lugares de nuestro Sistema Solar?

Marte es el lugar más estudiado hasta ahora por los geólogos planetarios y los astrobiólogos, pero en el Sistema Solar hay otros candidatos para la búsqueda de vida extraterrestre. Entre los planetas no parecen existir más opciones: junto con la Tierra y Marte, en la denominada “banda de habitabilidad” (zona en la que la radiación solar produce temperaturas compatibles con la existencia de agua líquida) está Venus, pero su densa atmósfera ha generado allí un enorme efecto invernadero, con temperaturas superficiales de más de 400°C. Sin embargo, cada vez cobra más fuerza la posibilidad de que pudiera existir vida en alguno de los satélites de los planetas gigantes del Sistema Solar: Júpiter y Saturno. Entre ellos el más prometedor es Europa, ya que muchas pruebas indican que, bajo su gruesa capa de hielo exterior, podría existir un océano de agua líquida de decenas de kilómetros de profundidad. En esas aguas, ricas en sales y en compuestos químicos provenientes de la actividad geológica del fondo, y además protegidas de la radiación por la cubierta de hielo, podría haber vida. Así, en estos momentos se está trabajando intensamente, tanto en la NASA como en la ESA, en misiones que sobrevolarán Europa y otros satélites de hielo… quizá incluso aterrizando sobre alguno de ellos para comenzar a analizarlos in situ.

Por si lo comentado hasta aquí no fuera suficientemente interesante, más allá del Sistema Solar (que en el fondo no es más que “nuestro vecindario cósmico”) todas las semanas se descubren planetas orbitando en torno a otras estrellas, y entre los miles ya conocidos algunos parecen ser similares a la Tierra. Por tanto, cada vez nos parece más posible que no estemos solos en el Universo.