El imán

 

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Personajes:

  • Científicos:

Doctor Raúl Gómez

Doctora Soraya Martínez, ayudante de Raúl

Doctor Matías Moreno, recientemente graduado y ya nombrado doctor

Roberto Gómez, estudiante de ciencias

  • Astronautas:

Capitán Maximiliano Hierro

Ayudante de abordo Francisco Roca

Segundo ayudante de abordo Sebastián Roca

Un grupo de científicos son enviados en secreto a Marte por el gobierno de España para realizar una misión. Esta misión consiste en plantar diversas especias vegetales en Marte con el fin de tener suficientes provisiones para alimentar a los habitantes del país, ya que en este no se pueden cultivar estas especies debido a la alta contaminación que hay. Tras haber llegado a Marte, ocurren una serie de sucesos inesperados que cambiarán el futuro de los científicos y los astronautas que los acompañan.

Sebastián –dijo Max con el ceño fruncido-. Diles a nuestros invitados que en una hora estaremos en el Planeta Rojo.

Max y su tripulación, dos humildes hermanos de un pueblo de Soria (Estepa de San Juan de nueve habitantes), llamados Fran y Sebastián, no estaban acostumbrados a tener “invitados” así que tenían que ser amables con ellos. Y más siendo unos científicos como lo son Raúl Gómez y Soraya Martínez. La misión lo requería debido a su dificultad siendo en otro planeta.

Sebastián, ya en la cámara de los invitados, les dijo lo que su capitán ordenó y además añadió un “Y descansad que no todos los días se va a cultivar plantas en Marte”, con una sonrisa de oreja a oreja en la cara, y se fue.

Me caen bien el capitán y sus ayudantes de abordo, son gente que no se conoce todos los días –comentaba Matías a Roberto-. Tengo ganas de llegar ya.

Yo también –contestó Roberto asustado. Solo tenía dieciséis años y estaba ahí porque su padre el “prestigioso científico” no tenía con quien dejarle. Su madre murió y su familia con ella en un trágico accidente de avión y tenía que estar entretenido para no pensar en ello a pesar de que ocurriese cuando Roberto tenía sólo tres años. Durante el viaje se hizo muy amigo de Matías, el recientemente nombrado doctor.

Todos, pero ahora hay que descansar. Aún queda lo más duro –dijo para todos Raúl con la cara congestionada mientras se tumbaba en su litera.

Él y su ayudante y amiga Soraya, nunca habían realizado tal misión y estaban tan nerviosos como entusiasmados por empezar de una vez. Cerró los ojos y pensó cómo sería Marte: si haría calor, si sería muy rojo…

Y cuando quiso abrirlos le estaba despertando Soraya.

Escena ojos abriendose

Despierta Raúl, que ya estamos en Marte. Tardó en darse cuenta que pasaba pero cuando se despertó del todo fue corriendo a ponerse su traje y salir al exterior junto con el capitán Maximiliano. El traje era muy pesado y agobiante, pero cualquiera sabe qué le pasaría si saliese sin él.

Cuando Francisco y Sebastián abrieron las compuertas entraron unos rayos de luz impresionantes. Cuando sus ojos se hicieron a la fuerte luz solo vieron tierra roja. Tierra y más tierra, y rocas y más rocas.

Estaba entusiasmado por salir. Salió después que Max y tras él estaba Soraya con el equipo, preparada para empezar a plantar y también tras ella estaban Matías hablando con Roberto del miedo que tenía y Sebastián y Fran riéndose.

Es maravilloso –dijo Soraya mirando a su alrededor en cuanto salió de la nave-. No hay palabras para describirlo. A Raúl en cambio no le salían las palabras, solo miraba y miraba hasta que cerró los ojos como cuando estuvo en su litera y al abrirlos quería empezar a trabajar enseguida.

Antes de que Matías y Roberto pudiesen decir nada Raúl empezó a dictar órdenes para acabar cuanto antes:

Matías, trae las especies de plantas. Roberto, trae el instrumental necesario para plantarlas. Soraya, tú ayúdame a montar el equipo para empezar a plantar antes de una hora. Usted Maximiliano ayude a mi hijo que es muy patoso y diles a los hermanos que me ayuden a mí y a Soraya –no le dio tiempo ni a respirar y ya estaban manos a la obra.

Matías y Max llegaron cuando el equipo ya estaba listo, así que se pusieron a plantar antes de siquiera media hora. “Vamos a salvar España”, se dijo Soraya mientras plantaban todo tipo de semillas de legumbres… Sabía que esta misión iba a durar mucho y que tardaría en ver a su familia, pero pensaba la labor humanitaria que estaba realizando y se le pasaba. Tenían que plantar demasiado terreno para su gusto y tardarían mucho en acabar.

Ya se estaba haciendo tarde y Max sabía que deberían descansar:

Señores, deberíamos descansar –dijo secándose la frente de sudor-. Mañana seguiremos. Además está cayendo la noche y aquí hace mucho frío por la noche.

De acuerdo –respondió Raúl-. Era cierto lo que decía Max y estaban agotadísimos. Mañana en cuanto estemos todos despiertos continuamos.

La noche iba a ser larga en las literas y Raúl no se podía dormir. No podía parar de pensar en acabar la misión cuanto antes y volver a casa. Y encima Matías no paraba de roncar.

De reojo vio salir de la cámara a Soraya. Supondría que iría a por algo de comer así que decidió ir con ella.

Tú tampoco puedes dormir –le dijo Raúl a Soraya.

Y más con este hambre –respondió-. Vente y nos tomamos un café o algo. La sala a la que se dirigían era amplia, con una mesa grande en el centro. A un lado había alimentos sólidos y al otro bebidas. Prepararon unos cafés, cogieron unas rosquillas y se sentaron uno en frente del otro. Por un momento, se miraron fijamente unos segundos y después, le dieron un sorbo al café caliente y empezaron una conversación.

No tengo muchas esperanzas de que acabemos esto pronto –dijo Soraya con cara de preocupación. Echaba de menos a su familia-. Solo pienso en acabar y volver a casa.

Todos queremos volver, y más tarde o más temprano volveremos –respondió Raúl-. Pero bueno, mañana tendremos más tiempo para trabajar y tendremos que aprovecharlo.

Es culpa de la sociedad para la que hacemos esta misión. Si fuesen más precavidos con la contaminación no estaríamos aquí –sabía perfectamente que era verdad lo que decía, y Raúl también-.

Cierto. Pero bueno, no pensemos eso ahora –empezaba, por fin, a coger el sueño-. Nos terminamos el café y vamos a intentar dormir, que si queremos terminar pronto hay que trabajar bien.

Y se fueron a dormir. Suelen decir que la cafeína del café te quita el sueño, pero en este caso lo que les produjo fue sueño. Nada más tumbarse en las literas se quedaron dormidos soñando con su hogar.

A la mañana siguiente, cuando se despertaron todos, desayunaron, se asearon, se equiparon y se pusieron manos a la obra. Era todo un caos. Unos por aquí, otros por allá, unos haciendo una cosa, otros otra, pero se organizaban bien.

Raúl se encargaba de analizar las semillas para ver si estaban en buen estado y luego las plantaba. Soraya le ayudaba y le organizaba todo. Matías montaba el equipo donde iban a plantar las semillas y lo desmontaba cuando se tenían que mover. Roberto traía las semillas de dentro de la nave y ayudaba a Roberto. Y los veteranos astronautas ayudaban en lo que podían y en lo que les mandaban.

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Tocaba desmontar el equipo para moverse unos metros y Matías y Roberto tuvieron que hacerlo por novena vez. – ¡Bien! Otra vez a mover aparatos –dijo Roberto con ironía. Era muy joven y estaba cansado.

Deja de quejarte y ayúdame, vamos –dijo Matías nada más oírle.

Fran, tú ayúdame a hacer un surco aquí por favor. Y tú Sebastián tráenos algo de beber a todos y tomate un descanso hasta que te necesitemos.

Gracias. La verdad lo necesito, me noto muy raro. No sé qué me pasa-. Sebastián, era uno de los más jóvenes junto con Roberto y pensó que quizás eso influyese en lo que le pasaba, pero sabía que no era por eso si no por otra cosa.

¿Qué te pasa? –dijo Max al verle tan mal-. Ve dentro y échate un rato, yo les traeré las bebidas.

Max, entró a la nave y cogió las bebidas y al salir, notó la misma sensación que Sebastián, y se mareó. Era ya mayor y era una sensación que jamás había tenido. Estuvo desmayado unos minutos y soñó cómo sería meterse en un agujero negro, lo que se sentiría. Sabía lo de la teoría de la “espaguetización” y se imaginó a él como un espagueti y metiéndose dentro de un agujero negro y no recordaba nada más del sueño. Se despertó mareado, y notó cómo la misma sensación de antes iba desapareciendo; al abrir los ojos solo vio a gente a su alrededor con cara de preocupados y debatiendo sobre qué le había pasado. Y tuvo la necesidad de explicárselo para que no se preocupasen.

No sé qué me ha pasado. Es como si cada vez la gravedad fuese más fuerte. ¿No lo notáis?

Lo cierto es que sí –dijo Fran-. Y es como si cada cierto tiempo fuese más fuerte. Y eso solo puede significar una cosa…

Un agujero negro –dijo el viejo Maximiliano con cierta inquietud. Sabía que si se trataba de un agujero negro no volverían a su hogar-. Hay que salir de aquí cuanto antes. Dejad el equipo aquí, no tenemos mucho tiempo. Fran, informa en la base espacial de Madrid que regresamos de inmediato. Subid a la nave ya.

Fueron todos corriendo a la nave, se quitaron los trajes, se sentaron en sus correspondientes asientos, se abrocharon “los cinturones” y no dijeron palabra.

Max sabía que no iban a salir de allí. El agujero negro, estuviese donde estuviese se tragaría primero la nave, luego a ellos, y después al Planeta Rojo.

Despegaron tras diez minutos de preparaciones, pero era como si no pudiesen avanzar, como si estuviesen todo el rato en el mismo sitio y cada minuto que pasaba, retrocedían un poco. Maximiliano, con lágrimas en los ojos miró hacia la parte de atrás de la nave. Vio a los hermanos abrazándose, a Soraya mirando todo el rato a un amuleto que tenía colgado del cuello junto a Matías que no paraba de decir que todo iba a salir bien y por último a Raúl abrazando a su hijo.

Raúl sabía entonces que no tendría que haber llevado a su hijo a aquella misión. Pero no era momento de lamentaciones si no de afrontar su destino.

Ya habían pasado tres horas cuando estaban ya en la boca del agujero negro, y cuando la parte de atrás de la nave entró, y, sin que pudieran despedirse unos de otros, perdieron todos el conocimiento. Lo último que vieron fue como se alejaban más y más del Sol y a medida que se acercaban al agujero notaban como si se rompieran en pedazos.

Nadie sabe desde sus propias carnes lo que puede pasar en esas situaciones, y tampoco vivir para contarlo. Fueron a salvar a su país, pero nunca volvieron.

Miguel y Álex